Pro Francisco

Oración del Papa en Asís:

Oración del Papa en Asís:


(José M. Vidal). Tras demostrar por la mañana que la paz comienza con un abrazo, una sonrisa y una comida compartida, el Papa Francisco centró la tarde en Asís en una oración ecuménica. Y en su oración, Bergoglio "implora la paz para las victimas de las guerras" y para los que tienen que abandonar sus casas, para emigrar.


Una hora de oración por la paz en los diversos lugares de la basílica
de San Francisco. Los cristianos (católicos, ortodoxos, protestantes y
anglicanos) rezan juntos en la crípta, junto a la tumba del santo. Con un lema: "Sed de paz".


La cripta está repleta de cardenales, obispos, pastores y
metropolitas de las diversas confesiones cristianas. Todas unidas, para
rogar a Dios "ser instrumentos de paz".


Entra el Papa, acomopañado de los dos Patriarcas, Bartolomé y Efrén
y preside la oración ecuménica, flanqueado por el Patriarca Bartolomé y
por el arzobispo de Canterbury, Justin Welby, y el patriarca Efrén de
Antioquía de los sirios.


"Que Dios disipe las tinieblas del mal, del terrorismo y de la violencia", suplica el Papa, en la primera antífona.


Entra en procesión el Evangeliario, ante el que se inclinan, todos juntos, los líderes religiosos que presiden la celebración.


 



 


Tras la lectura del profeta Isaías, en inglés, el primero en pronunciar sus palabras de oración es el arzobispo de Canterbury, Justiin Welby, primado de la Iglesia anglicana:


"En la economía de Dios somos los más pobres, porque nos
consideramos ricos". "Podemos adquirir bienes, pero en la economía de
Dios no valen nada. Somos ricos, cuando aceptamos la economía de Dios"


"La mayor riqueza de la historia europea ha terminado en las
deudas y en la esclavitud...Nuestra economía es arena que se escurre.
Somos presa del hambre y de la desigualdad y nos dirigimos al extremismo
llenos de miedo y de rabia"


"Dios nos llama a ir a su encuentro y a confiar en Él. Escuchamos a
Dios a través de los más abandonados y pobres. Los pobres hablan con la
fuerza de la esperanza y del amor a los que creen ser fuertes".


"Comer con Dios significa comer más para ser hombres y mujeres en abundancia".


"Nuestros pecados gritan, pero Cristo grita más fuerte...Todos
debemos beber vcada día de la misericordia, para vencer nuestro pecado y
nuestra rabia".


"Cuando recibimos misericordia, nos convertirmos en portadores de misericordia y paz"


"Llamados a ser la voz de Cristo para los que no tienen esperanza"


Tras las palabras de Welby y el canto, una nuvea lectura del libro
del Apocalipsis en francés: "Que el que lo desee tome del agua de la
vida gratuitamente"


 





El siguiente en intervenir es el Patriarca Bartolomé:


"Estamos en esta ciudad de diversas partes del mundo, para invocar al Señor la paz".


"Para invocar la paz cósmica, el alga y el omega, el principio y el fin"


"Iglesia anunciadora de la salvación para todos en el hoy"


"La salvación ha de ser anunciada como una persona a conocer y a amar"


"Surge el sol de justicia, Cristo, Dios nuestro"


"La salvación universla que, en Jesús, Dios da a la humanidad es la derrota del mal y de la muerte"


"En Jesús se ha cumplido toda la espera mesicánica"


"Hoy, a los cristianos les es pedido un testimonio de comunión"


"¿Cómo ofrecer paz, que es amor, sin sin iconos vivientes de la comunión trinitaria en Dios y con el prójimo"


"Tenemos sed, debemos tener sed de agua viva"


"Gritemos, pues, ven, agua viva y luz radiante"


"Marana tha, ven Señor Jesús"


"Resuena hoy en muchas partes del mundo, sobre todo en Medio Oriente"


"Para gritar el ven Señor Je´sus, tenemos que atravesar, como Iglesia, por una metanoia, una conversión"


"Escucha, conversión y denuncia profética"


"Escuchar el grito de los pobres"


"Para escuchar, hay que saborear el silencio"


"Escucha significa conversión y no hay conversión, sin escucha"


"Conversión para purificar la memoria y vencer al mal"


"Testimonio profético"


"ara que sea profética debe ser una verdadera comunión, para ofrecer agua viva al que tiene sed"


"Seamos testigos proféticos de su paz"


Nuevo canto y la lectura del Evangelio de San Juan: "Jesús dijo: 'Tengo sed'".


Tras la lectura del Evangelio y el canto del aleluya, la intervención del Papa.


 


 



 


Texto íntegro de la oración del Papa


Ante Jesús crucificado, resuenan también para nosotros sus
palabras: «Tengo sed» (Jn 19,28). La sed es, aún más que el hambre, la
necesidad extrema del ser humano, pero además representa la miseria
extrema. Contemplemos de este modo el misterio del Dios Altísimo, que se
hizo, por misericordia, pobre entre los hombres.


¿De qué tiene sed el Señor? Ciertamente de agua, elemento esencial
para la vida. Pero sobre todo de amor, elemento no menos esencial para
vivir. Tiene sed de darnos el agua viva de su amor, pero también de
recibir nuestro amor. El profeta Jeremías habló de la complacencia de
Dios por nuestro amor: «Recuerdo tu cariño juvenil, el amor que me
tenías de novia» (Jer 2,2). Pero dio también voz al sufrimiento divino,
cuando el hombre, ingrato, abandonó el amor, cuando -parece que nos
quiere decir también hoy el Señor- «me abandonaron a mí, fuente de agua
viva, y se cavaron aljibes, aljibes agrietados que no retienen agua» (v.
13). Es el drama del «corazón árido», del amor no correspondido, un
drama que se renueva en el Evangelio, cuando a la sed de Jesús el hombre
responde con el vinagre, que es un vino malogrado. Así, proféticamente,
se lamentaba el salmista: «Para mi sed me dieron vinagre» (Sal 69,22).


«El amor no es amado»; según algunos relatos esta era la realidad
que turbaba a san Francisco de Asís. Él, por amor del Señor que sufre,
no se avergonzaba de llorar y de lamentarse a alta voz (cf. Fuentes
Franciscanas, n. 1413). Debemos tomar en serio esta misma realidad
cuando contemplamos a Dios crucificado, sediento de amor. La Madre
Teresa de Calcuta quiso que, en todas las capillas de sus comunidades,
cerca del crucifijo, estuviese escrita la frase «tengo sed». Su
respuesta fue la de saciar la sed de amor de Jesús en la cruz mediante
el servicio a los más pobres entre los pobres. En efecto, la sed del
Señor se calma con nuestro amor compasivo, es consolado cuando, en su
nombre, nos inclinamos sobre las miserias de los demás. En el juicio
llamará «benditos» a cuantos hayan dado de beber al que tenía sed, a
cuantos hayan ofrecido amor concreto a quien estaba en la necesidad: «En
verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis
hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).


Las palabras de Jesús nos interpelan, piden que encuentren lugar
en el corazón y sean respondidas con la vida. En su «tengo sed», podemos
escuchar la voz de los que sufren, el grito escondido de los pequeños
inocentes a quienes se les ha negado la luz de este mundo, la súplica
angustiada de los pobres y de los más necesitados de paz. Imploran la
paz las víctimas de las guerras, las cuales contaminan los pueblos con
el odio y la Tierra con las armas; imploran la paz nuestros hermanos y
hermanas que viven bajo la amenaza de los bombardeos o son obligados a
dejar su casa y a emigrar hacia lo desconocido, despojados de todo.


Todos estos son hermanos y hermanas del Crucificado, los pequeños
de su Reino, miembros heridos y resecos de su carne. Tienen sed. Pero a
ellos se les da a menudo, como a Jesús, el amargo vinagre del rechazo.
¿Quién los escucha? ¿Quién se preocupa de responderles? Ellos encuentran
demasiadas veces el silencio ensordecedor de la indiferencia, el
egoísmo de quien está harto, la frialdad de quien apaga su grito de
ayuda con la misma facilidad con la que se cambia de canal en
televisión.


Ante Cristo crucificado, «fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1
Co 1,24), nosotros los cristianos estamos llamados a contemplar el
misterio del Amor no amado, y a derramar misericordia sobre el mundo. En
la Cruz, árbol de vida, el mal ha sido trasformado en bien; también
nosotros, discípulos del Crucificado, estamos llamados a ser «árboles de
vida», que absorben la contaminación de la indiferencia y restituyen al
mundo el oxígeno del amor. Del costado de Cristo en la cruz brotó agua,
símbolo del Espíritu que da la vida (cf Jn 19,34); que del mismo modo,
de nosotros sus fieles, brote también compasión para todos los sedientos
de hoy.


Que el Señor nos conceda, como a María junto a la cruz, estar
unidos a él y cerca del que sufre. Acercándonos a cuantos hoy viven como
crucificados y recibiendo la fuerza para amar del Señor Crucificado y
resucitado, crecerá aún más la armonía y la comunión entre nosotros. «Él
es nuestra paz» (Ef 2,14), él que ha venido a anunciar la paz a los de
cerca y a los de lejos (Cf. v. 17). Que nos guarde a todos en el amor y
nos reúna en la unidad, para que lleguemos a ser lo que él desea: «Que
todos sean uno» (Jn 17,21).


En las peticiones, se recuerdan todas las áreas del mundo que sufren guerras y conflictos. Y por cada uno de ellos, se enciende una vela.


Por Siria, Afganistán, Birmania, Burundi, Colombia, Centroamérica,
República democrática del Congo, Corea del Norte, Etiopía y Eritrea,
Gabón, Irak, Cachemira, Libia, Mali, México herido por el narcotráfico,
Mindanao (Filipinas), Mozambique, Nagorno-Karabaj, Nigeria, Pakistán,
Senegal (Casamance), Somalia, Sudán del Sur, Ucrania, Venezuela, Yemen,
Tierra Santa. Por todos los demás países contaminados por el virus del
odio y del conflicto.


El Hermano Alois de Taizé recuerda a todos los secuestrados, entre ellos por el padre Dall'Oglio, secuestrado, desde hace años, en Siria.


Oraciones en griego y en árabe.


Oración del Papa: "Consuela al herido por la locura homicida...y concede a los pueblos el don de la paz"


E invita a unir las voces en la oración que el Señor nos ha enseñado.


El Patriarca Bartolomé suplica: "La paz es un don de Dios"


El Papa concluye el acto bendiciendo, pero sin realizar el gesto de la bendición.


 








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