Pro Francisco

Francisco:

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(José M. Vidal).- Eucaristía solemne en la basílica de San Pedro con motivo de la Jornada del migrante y del refugiado, dos colectivos tan queridos para el Papa Francisco, que advierte que no acoger e integrar al Otro es "un pecado", al tiempo que invitaba a perder miedo al diferente y "abrirse a la riqueza de la diversidad".

En el templo, representantes de 49 países, con sus respectivas banderas en la parte izquierda del altar de la Confesión, asi como diplomáticos acreditados ante la Santa Sede. En los bancos de la Basílica, miles de emigrante sy refugiados, que viven en la Ciudad Eterna.

El coro interpreta canciones sobre emigración en diversos idiomas. El 'Señor ten piedad', en español: "Por todas las veces que tuvimos miedo a la diversidad y con fronteras partimos el mundo, Cristo ten piedad".

"Por todas las veces que te rechazamos, por ser de otra raza o color, Señor ten piedad".

La primera lectura, en inglés, del primer libro de Samuel. La segunda lectura, en francés, de la primera carta de Pablo a los Corintios.

Evangelio de Juan, en el relato de la llamada de los apóstoles: "Tú eres Simón, el hijo de Juan, desde ahora te llamaras Cefas, que significa Pedro".

En la procesión de los ofrendas, suena de fondo la célebre melodía de 'El condor pasa", mientras representantes de diveross pueblos indígenas llevan las ofrendas al Papa, que las acoge con inclinaciones de cabeza.

Texto íntegro de la homilía del Papa

Este año he querido celebrar la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado con una Misa a la que estáis invitados especialmente vosotros, migrantes, refugiados y solicitantes de asilo. Algunos acabáis de llegar a Italia, otros lleváis muchos años viviendo y trabajando aquí, y otros constituís las llamadas "segundas generaciones". Para todos ha resonado en esta asamblea la Palabra de Dios, que nos invita hoy a profundizar la especial llamada que el Señor dirige a cada uno de nosotros.

Él, como hizo con Samuel (cf. 1 S 3,3b-10.19) nos llama por nuestro nombre y nos pide que honremos el hecho de que hemos sido creados como seres únicos e irrepetibles, diferentes los unos de los otros y con un papel singular en la historia del mundo. En el Evangelio (Jn 1,35-42) los dos discípulos de Juan preguntaron a Jesús: «¿Dónde vives?» (v. 38), lo que sugiere que de la respuesta a esta pregunta dependerá su juicio sobre el maestro de Nazaret. La respuesta de Jesús: «Venid y veréis» (v. 39) abre un encuentro personal, que encierra un tiempo adecuado para acoger, conocer y reconocer al otro.


En el mensaje para la Jornada de hoy escribí: «Cada forastero que llama a nuestra puerta es una ocasión de encuentro con Jesucristo, que se identifica con el extranjero acogido o rechazado en cualquier época de la historia (cf. Mt 25,35.43)». Y para el forastero, el migrante, el refugiado, el prófugo y el solicitante de asilo, todas las puertas de la nueva tierra son también una oportunidad de encuentro con Jesús. Su invitación «Venid y veréis» se dirige hoy a todos nosotros, a las comunidades locales y a quienes acaban de llegar.

Es una invitación a superar nuestros miedos para poder salir al encuentro del otro, para acogerlo, conocerlo y reconocerlo. Es una invitación que brinda la oportunidad de estar cerca del otro, para ver dónde y cómo vive. En el mundo actual, para quienes acaban de llegar, acoger, conocer y reconocer significa conocer y respetar las leyes, la cultura y las tradiciones de los países que los han acogido.


También significa comprender sus miedos y sus preocupaciones de cara al futuro. Para las comunidades locales, acoger, conocer y reconocer significa abrirse a la riqueza de la diversidad sin ideas preconcebidas, comprender los potenciales y las esperanzas de los recién llegados, así como su vulnerabilidad y sus temores. El verdadero encuentro con el otro no se limita a la acogida sino que nos involucra a todos en las otras tres acciones que resalté en el Mensaje para esta Jornada: proteger, promover e integrar. Y en el verdadero encuentro con el prójimo, ¿sabremos reconocer a Jesucristo que pide ser acogido, protegido, promovido e integrado?

Como nos enseña la parábola evangélica del juicio final: el Señor tenía hambre, sed, estaba desnudo, enfermo, era extranjero y estaba en la cárcel, y fue asistido por algunos, mientras que otros pasaron de largo (cf. Mt 25,31-46). Este verdadero encuentro con Cristo es fuente de salvación, una salvación que debe ser anunciada y llevada a todos, como nos muestra el apóstol Andrés. Después de haber revelado a su hermano Simón: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41), Andrés lo llevó a Jesús para que pudiera vivir la misma experiencia de encuentro. No es fácil entrar en la cultura que nos es ajena, ponernos en el lugar de personas tan diferentes a nosotros, comprender sus pensamientos y sus experiencias.

Y así, a menudo, renunciamos al encuentro con el otro y levantamos barreras para defendernos. Las comunidades locales, a veces, temen que los recién llegados perturben el orden establecido, "roben" algo que se ha construido con tanto esfuerzo.


Incluso los recién llegados tienen miedos: temen la confrontación, el juicio, la discriminación, el fracaso. Estos miedos son legítimos, están basados en dudas que son totalmente comprensibles desde un punto de vista humano. Tener dudas y temores no es un pecado. El pecado es dejar que estos miedos determinen nuestras respuestas, condicionen nuestras elecciones, comprometan el respeto y la generosidad, alimenten el odio y el rechazo. El pecado es renunciar al encuentro con el otro, con aquel que es diferente, con el prójimo, que en realidad es una oportunidad privilegiada de encontrarse con el Señor.

De este encuentro con Jesús presente en el pobre, en quien es rechazado, en el refugiado, en el solicitante de asilo, nace la oración de hoy. Es una oración recíproca: migrantes y refugiados rezan por las comunidades locales, y las comunidades locales rezan por los que acaban de llegar y por los migrantes que llevan más tiempo residiendo en el país.

Encomendamos a la maternal intercesión de la Santísima Virgen María las esperanzas de todos los migrantes y refugiados del mundo, y las aspiraciones de las comunidades que los acogen, para que, conforme con el supremo mandamiento divino de la caridad y el amor al prójimo, todos podamos aprender a amar al otro, al extranjero, como nos amamos a nosotros mismos.


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