Pro Francisco

Hemos sido elegidos

Hemos sido elegidos

(RV/Agencias).- El papa Francisco acudió hoy a uno de los confesionarios
de la Basílica de San Pedro del Vaticano para confesarse de rodillas
durante el Rito de la Reconciliación que ofició en el templo, previo al
cuarto domingo de Cuaresma.


El papa argentino bajó de un estrado junto al baldaquino barroco, y,
tras meditar unos instantes y quitarse la capa pluvial morada, símbolo
de preparación cuaresmal, acudió a uno de los confesionarios junto a la
nave central, ante el que se arrodilló.


De este modo pudo verse públicamente cómo el pontífice, ataviado
únicamente con el alba y con la casulla blanca, además de con el
solideo, se confesaba ante un sacerdote durante unos minutos.


El gesto del pontífice se produjo antes de que él y otros sacerdotes
procedieran a escuchar la confesión de algunos de los fieles
congregados.


Con esta ceremonia se inauguró hoy la jornada "24 horas para el
Señor", en la que múltiples diócesis de todo el mundo confesarán en
concomitancia hasta mañana.


El pontífice fue el encargado de presidir esta ceremonia y, durante su homilía, habló de lo "fácil y equivocado" que es "creer que la vida depende de lo que se posee, del éxito o la admiración que se recibe".


El papa dijo que es erróneo pensar que "la economía consiste sólo en el beneficio y el consumo; que los propios deseos individuales deben prevalecer por encima de la responsabilidad social".


"Mirando sólo a nuestro yo, nos hacemos ciegos, apagados y replegados
en nosotros mismos, vacíos de alegría y libertad verdadera", agregó el
pontífice.


El examen de conciencia cotidiano, como el protagonizado hoy por el
papa Francisco, es uno de los pilares de la espiritualidad de San
Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas, la orden religiosa a la que
pertenece Jorge Bergoglio.


El pontífice dijo públicamente hace tiempo que tiene la costumbre de confesarse al menos cada quince días.


 



 


El Santo Padre Francisco presidió la celebración de la
Penitencia el primer viernes de marzo, y durante su homilía recordó el
pasaje del Evangelio que habla del ciego Bartimeo quien le pidió a
Jesús volver a ver. Así Francisco nos invita a compararnos con el ciego
vagabundo, hijo de Timeo, para que como él nos dejemos ayudar por el
Señor y podamos ver después que nuestros pecados nos han hecho perder la
vista, "haciéndonos vagar lejos de la meta".


"El pecado empobrece y aísla... impide ver lo esencial, el amor que da la vida",
lo aseguró Francisco haciendo ver que mirándonos sólo a nosotros mismos
y creyendo que la vida depende sólo de lo que se posee, nos hacemos
"ciegos y apagados".


El Obispo de Roma recordó que todos nosotros, y sobre todo los
Pastores estamos llamados a "escuchar el grito de cuantos desean
encontrar al Señor". "Estamos llamados a infundir ánimo, a sostener y conducir a Jesús.
Nuestro ministerio es el del acompañar, porque el encuentro con el
Señor es personal, íntimo, y el corazón se pueda abrir sinceramente y
sin temor al Salvador. No lo olvidemos: sólo Dios es quien obra en cada persona.
Nosotros hemos sido elegidos para suscitar el deseo de la conversión,
para ser instrumentos que facilitan el encuentro, para extender la mano y
absolver, haciendo visible y operante su misericordia".


 



 


Homilía completa del Santo Padre:



«Que yo pueda ver» (Mc 10,51). Ésta es la petición que hoy queremos
dirigir al Señor. Ver de nuevo después de que nuestros pecados nos han
hecho perder de vista el bien y alejado de la belleza de nuestra
llamada, haciéndonos vagar lejos de la meta.


Este pasaje del Evangelio tiene un gran valor simbólico, porque cada
uno de nosotros se encuentra en la situación de Bartimeo. Su ceguera lo
había llevado a la pobreza y a vivir en las afueras de la ciudad,
dependiendo en todo de los demás. El pecado también tiene este efecto:
nos empobrece y aísla. Es una ceguera del espíritu, que impide ver lo
esencial, fijar la mirada en el amor que da la vida; y lleva poco a poco
a detenerse en lo superficial, hasta hacernos insensibles ante los
demás y ante el bien. Cuántas tentaciones tienen la fuerza de oscurecer
la vista del corazón y volverlo miope. Qué fácil y equivocado es creer
que la vida depende de lo que se posee, del éxito o la admiración que se
recibe; que la economía consiste sólo en el beneficio y el consumo; que
los propios deseos individuales deben prevalecer por encima de la
responsabilidad social. Mirando sólo a nuestro yo, nos hacemos ciegos,
apagados y replegados en nosotros mismos, vacíos de alegría y pobres de
libertad. Una cosa fea...


Pero Jesús pasa; y no pasa de largo: «se detuvo», dice el Evangelio
(v. 49). Entonces, un temblor se apodera del corazón, porque se da
cuenta de que es mirado por la Luz, de esa luz afable que nos invita a
no permanecer encerrados en nuestra oscura ceguera. La presencia cercana
de Jesús permite sentir que, lejos de él, nos falta algo importante.
Nos hace sentir necesitados de salvación, y esto es el inicio de la
curación del corazón. Luego, cuando el deseo de ser curados se hace
audaz, lleva a la oración, a gritar ayuda con fuerza e insistencia, como
hizo Bartimeo: «Hijo de David, ten compasión de mí» (v. 47).


Desafortunadamente, como aquellos «muchos» del Evangelio, siempre hay
alguien que no quiere detenerse, que no quiere ser molestado por el que
grita su propio dolor, prefiriendo hacer callar y regañar al pobre que
molesta (cf. v. 48). Es la tentación de seguir adelante como si nada,
pero así se queda lejos del Señor y se mantienen distantes de Jesús y de
los demás. Reconozcamos todos ser mendigos del amor de Dios, y no
dejemos que el Señor pase de largo. "Tengo miedo del Señor que pasa",
decía San Agustín. Miedo de que pase y yo lo deje pasar. Demos voz a
nuestro deseo más profundo: «Maestro, que pueda ver» (v. 51). Este
Jubileo de la Misericordia es un tiempo favorable para acoger la
presencia de Dios, para experimentar su amor y regresar a Él con todo el
corazón. Como Bartimeo, dejemos el manto y pongámonos en pie (cf. v.
50): abandonemos lo que nos impide ser ágiles en el camino hacia Él, sin
miedo a dejar lo que nos da seguridad y a lo que estamos apegados; no
permanezcamos sentados, levantémonos, reencontremos nuestra dimensión
espiritual, la dignidad de hijos amados que están ante el Señor para ser
mirados por Él a los ojos, perdonados y recreados. Y la palabra que a
lo mejor llega a nuestro corazón, es la misma de la creación del hombre:
"¡Alzaos! Dios nos ha creado en pie: ¡Alzaos!


Hoy más que nunca, sobre todo nosotros los Pastores, estamos llamados
a escuchar el grito, quizás escondido, de cuantos desean encontrar al
Señor. Estamos obligados a revisar esos comportamientos que a veces no
ayudan a los demás a acercarse a Jesús; los horarios y los programas que
no salen al encuentro de las necesidades reales de los que podrían
acercarse al confesionario; las reglas humanas, si valen más que el
deseo de perdón; nuestra rigidez, que puede alejar la ternura de Dios.
No debemos ciertamente disminuir las exigencias del Evangelio, pero no
podemos correr el riesgo de malograr el deseo del pecador de
reconciliarse con el Padre, porque lo que el Padre espera antes que nada
es el regreso a la casa del hijo (cf. Lc 15,20-32).


Que nuestras palabras sean la de los discípulos que, repitiendo las
mismas expresiones de Jesús, dicen a Bartimeo: «Ánimo, levántate, que te
llama» (v. 49). Estamos llamados a infundir ánimo, a sostener y
conducir a Jesús. Nuestro ministerio es el del acompañar, porque el
encuentro con el Señor es personal, íntimo, y el corazón se pueda abrir
sinceramente y sin temor al Salvador. No lo olvidemos: sólo Dios es
quien obra en cada persona. En el Evangelio es Él quien se detiene y
pregunta por el ciego; es Él quien ordena que se lo traigan; es Él quien
lo escucha y lo sana. Nosotros hemos sido elegidos para suscitar el
deseo de la conversión, para ser instrumentos que facilitan el
encuentro, para extender la mano y absolver, haciendo visible y operante
su misericordia. Que cada hombre y mujer que vaya al confesionario
encuentre un padre, encuentre un padre que lo espera. Que encuentre "el
Padre que perdona".


La conclusión del relato evangélico está cargado de significado:
Bartimeo «al momento recobró la vista y lo seguía por el camino» (v.
52). También nosotros, cuando nos acercamos a Jesús, vemos de nuevo la
luz para mirar el futuro con confianza, reencontramos la fuerza y el
valor para ponernos en camino. En efecto «quien cree ve» (Carta enc.
Lumen fidei, 1) y va adelante con esperanza, porque sabe que el Señor
está presente, sostiene y guía. Sigámoslo, como discípulos fieles, para
hacer partícipes a cuantos encontramos en nuestro camino de la alegría
de su amor. Y después el abrazo del padre, el perdón del Padre, pero
festejemos en nuestro corazón: ¡porque Él festeja!


 



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